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CARACAS.- Quince días después de los devastadores terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio, el estado La Guaira continúa inmerso en una de las etapas más difíciles de la tragedia: la recuperación de cuerpos, la remoción de escombros y la búsqueda de una normalidad que aún parece muy lejana.
Lo que durante los primeros días fue un intenso despliegue de voluntarios, rescatistas y donaciones se ha transformado en un ambiente de silenciosa desolación. La ayuda espontánea de la sociedad civil ha disminuido y ahora son los organismos del Estado, junto con equipos de cooperación internacional, quienes lideran las labores en las zonas devastadas.
La esperanza de hallar sobrevivientes prácticamente se extingue
Sectores como Catia La Mar, Macuto, Caraballeda y Tanaguarenas, que concentraron algunos de los mayores daños, ya no muestran las largas filas de civiles removiendo escombros con sus propias manos. En su lugar trabajan bomberos, funcionarios de Protección Civil, efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) y maquinaria pesada incorporada en los últimos días.
Aunque oficialmente las operaciones continúan siendo de búsqueda y rescate, sobre el terreno predomina una realidad difícil de ocultar: el paso del tiempo ha reducido casi por completo las posibilidades de encontrar personas con vida.
«No recuerdo la última vez que apareció alguien con vida. Cuerpos sí están sacando todavía, hay muchos ahí», comentó una integrante de la Milicia Bolivariana que participa en las labores de recuperación.
Si bien circuló la versión del supuesto rescate de un sobreviviente durante la noche del martes, residentes de la zona desmintieron esa información y señalaron que ya no creen posible hallar personas vivas entre los edificios colapsados.
Aun así, los rescatistas mantienen el protocolo de solicitar silencio absoluto en determinados momentos, especialmente en sectores como Playa El Yate, donde todavía se realizan inspecciones entre los escombros.
En complejos residenciales severamente afectados, como la Misión Vivienda Los Cocos, en Caraballeda, las grúas y equipos pesados han reemplazado el trabajo manual de los primeros días.
Las autoridades concentran los esfuerzos en las edificaciones donde se presume que aún permanecen víctimas atrapadas. Sin embargo, la magnitud del desastre supera la capacidad operativa disponible. A lo largo del recorrido entre Catia La Mar y Caraballeda abundan edificios y viviendas destruidas donde todavía no han comenzado las labores de remoción.
Aunque el Gobierno ha habilitado refugios temporales, muchas familias continúan viviendo en improvisados campamentos levantados en calles y avenidas.
A la pérdida total de viviendas se suma otro problema: decenas de edificios que permanecen en pie fueron declarados inhabitables debido al riesgo de colapso estructural y deberán ser demolidos.
En Caraballeda, por ejemplo, una de las edificaciones cercanas al área comercial fue marcada con la palabra «cediendo», reflejando el peligro que representan estas estructuras para sus antiguos residentes.
La actividad económica también sigue gravemente afectada.
En las zonas más golpeadas apenas funcionan algunos pequeños negocios de comida, mientras supermercados, bodegas y otros establecimientos permanecen cerrados.
Muchas familias no solo perdieron sus viviendas, sino también sus fuentes de ingresos.
La situación resulta especialmente compleja debido a que buena parte de la economía de La Guaira dependía del turismo, una actividad que quedó prácticamente suspendida tras el desastre.
Mientras tanto, organizaciones internacionales mantienen la distribución de alimentos y ayuda humanitaria para miles de afectados que continúan dependiendo de la asistencia para cubrir sus necesidades básicas.
El Cementerio Jardines de la Esperanza, ubicado en la vía hacia Carayaca, se ha convertido en uno de los principales puntos para la inhumación de víctimas que aún no han podido ser identificadas.


