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Durante el Segundo Congreso de Municipios, celebrado en 1944 en Santiago de los Caballeros, se acordó oficialmente erigir un enorme monumento en la ciudad natal de Rafael Leónidas Trujillo, conocida como la Perínclita y Benefactora de la Patria Nueva. Cada ayuntamiento del país se comprometió a aportar fondos para la obra.
Los defensores del proyecto, calificados como áulicos y alabarderos, plantearon la construcción de una gigantesca estatua ecuestre del generalísimo. Curiosamente, en 1934 Trujillo había declinado la idea de erigir un monumento en su honor, destinando esos recursos a la realización del parque central de aquella zona sur.
El primer artículo de la resolución obligaba a cada corporación municipal a destinar el 2 % de sus ingresos no especificados del ejercicio fiscal correspondiente para financiar la obra. En consecuencia, el 28 de marzo de 1946 se constituyó el Comité Pro Monumento a la Era de Trujillo, bajo la presidencia provisional del licenciado Mario Abreu Penzo, gobernador civil de la provincia.
Ante la sensación de retraso, el 19 de abril de 1949 Danilo Brugal Alfáu remitió una misiva detallando la situación real del proyecto. Al hacerse pública, la carta obligó a la junta a solicitar una auditoría; cuatro días después, el responsable de negocios del ayuntamiento certificó que los fondos en reserva ascendían a RD$138,178.60.
Con esa disponibilidad, la Embajada dominicana en Roma comenzó a recibir propuestas de escultores italianos y españoles de renombre. Entre los candidatos más destacados se encontraban el medallista de la Santa Sede Aurelio Mistruzzi y el artista Alexandro Monteleone, quien presentó una maqueta del posible diseño con la intención de adjudicarse el contrato.
Tal como indica el ingeniero sancristobalense Nésto Uribe Matos, citado en las «Memorias de San Cristóbal» reunidas por el cronista José Pimentel Muñoz, la adjudicación recayó en Mistruzzi, decisión influenciada por la visita que el Generalísimo realizó a España y al Vaticano en junio de 1954. El escultor italiano veterano se desplazó a la isla, inspeccionó el lugar con el propósito de “conocer y apreciar en su verdadera magnitud el sitio de emplazamiento de la obra, ver la salida y el ocaso del sol y otros detalles, además de obtener fotografías del Generalísimo a caballo”.
Mistruzzi quedó cautivado por el clima del país y la “cerveza criolla”, la cual degustó y repartió generosamente en el Hotel San Cristóbal. De vuelta a Europa, el escultor se dirigió a Colonia, Alemania, donde analizó la anatomía del caballo de la estatua ecuestre del rey Federico Guillermo II de Prusia, obra que consideró idónea para su proyecto. En su taller de Roma recibió la visita de diplomáticos dominicanos y de estudiantes de arquitectura, pintura, canto y música, quienes observaron que el caballo y el jinete serían modelados como dos cuerpos independientes, murmurando en voz baja: “mejor, así lo terminaremos más rápido”.


