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La visita de una delegación ejecutiva de Citibank al gobernador Héctor Valdez Albizu dejó una señal que va más allá del protocolo financiero: la economía dominicana continúa siendo percibida como una plaza de relativa estabilidad en medio de un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, presión sobre los costos energéticos y volatilidad en los mercados. Esa lectura externa se apoya en un conjunto de indicadores favorables, pero también en una combinación más profunda de política monetaria prudente, planificación pública y una estrategia de largo plazo que el país ha comenzado a organizar bajo el horizonte de Meta RD 2036.
Hay reuniones que, aun siendo técnicas, revelan algo esencial sobre la percepción de un país. La sostenida entre el Banco Central de la República Dominicana y los ejecutivos de Citibank pertenece a esa categoría. No se trató únicamente de presentar cifras, sino de mostrar que, incluso bajo un escenario global incierto, la economía dominicana conserva capacidad de crecimiento, fortaleza externa y condiciones de confianza para la inversión. El Banco Central informó que el indicador mensual de actividad económica acumuló un crecimiento promedio de 4.0 % entre enero y abril de 2026, impulsado por construcción, manufactura de zonas francas y actividades vinculadas al turismo, mientras la proyección oficial sitúa la expansión del año en torno a 3.5 %–4.0 %. Al mismo tiempo, las reservas internacionales se ubicaron cerca de US$15,900 millones y el peso dominicano registró una apreciación aproximada de 8.0 % al cierre de mayo, señales que fortalecen la imagen de orden macroeconómico y capacidad de respuesta frente a choques externos.
A ese cuadro se suma un elemento central: la generación de divisas. Durante el primer trimestre de 2026, la inversión extranjera directa alcanzó US$1,537 millones, las exportaciones totalizaron US$4,195 millones, las remesas US$3,020 millones y los ingresos por turismo US$3,910 millones, para un total de alrededor de US$13,400 millones en entradas de divisas en solo tres meses. En economías abiertas, esa capacidad no es un dato accesorio: representa una fuente directa de estabilidad cambiaria, margen de maniobra financiera y atractivo para el capital. De ahí que la percepción de resiliencia dominicana no repose solamente en la expansión del producto, sino en la consistencia de sus flujos externos y en la posibilidad de sostenerlos incluso bajo condiciones menos favorables del entorno internacional.
Sin embargo, reducir estos resultados a una simple suma de buenos indicadores sería quedarse en la superficie. La estabilidad dominicana descansa, en buena medida, sobre una arquitectura institucional que ha buscado preservar previsibilidad. El Banco Central continúa operando con un esquema de metas de inflación de 4.0 % ± 1.0 %, lo que contribuye a anclar expectativas y a ofrecer una referencia estable para las decisiones de inversión, consumo y financiamiento. A ello se agrega un sistema financiero cuyo índice de solvencia se situó en 18.4 % en enero de 2026, claramente por encima del mínimo regulatorio de 10 %, reforzando la imagen de robustez prudencial. En tiempos donde la incertidumbre castiga con rapidez a las economías menos disciplinadas, la credibilidad monetaria y la fortaleza bancaria se convierten en activos concretos de competitividad.
Esa base macroeconómica ha sido acompañada por una lógica de planificación que merece atención. El Plan Nacional Plurianual de Inversión Pública 2025-2028 y las prioridades del Plan Nacional Plurianual del Sector Público 2025-2028 han buscado alinear recursos, obras y políticas con la Estrategia Nacional de Desarrollo, mientras el Gobierno del presidente Luis Abinader Corona ha identificado diecisiete políticas públicas prioritarias que abarcan empleo, turismo, comercio, desarrollo industrial, energía, agua e institucionalidad. Más allá del lenguaje administrativo, el valor de este andamiaje resid


