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Cuentan los viejos navegantes que existió en el corazón del Mar Caribe, un reino tan hermoso que parecía haber sido dibujado por la mano de Dios. Sus tierras eran fértiles. Los ríos descendían de las montañas como cintas de cristal.
El mar entregaba peces abundantes. Los árboles ofrecían frutos durante todo el año. El sol calentaba sin quemar y las lluvias llegaban cuando eran necesarias. Quien llegaba a aquel lugar pensaba que sus habitantes debían ser los más felices y prósperos del mundo.
Pero no era así. En los caminos se veía a hombres trabajando de sol a sol sin lograr salir de la pobreza. Madres que hacían milagros para alimentar a sus hijos. Jóvenes que soñaban con partir hacia tierras lejanas porque no encontraban oportunidades en la suya.
Y cada tarde, desde el puerto, partían enormes barcos cargados de los productos del reino. Llevaban cacao, frutas, madera, pescado y todo cuanto la naturaleza ofrecía. Los barcos desaparecían en el horizonte.
Meses después regresaban. Pero regresaban con algo extraño. Traían chocolate hecho con el cacao que había salido del reino. Traían muebles fabricados con su madera. Traían alimentos elaborados con sus cosechas. Traían riqueza creada con aquello que un día les perteneció.
Y los habitantes compraban a precios altos lo que antes habían vendido a precios bajos.
Un anciano observaba aquella escena cada tarde sentado frente al mar. Había visto pasar generaciones enteras. Había visto niños convertirse en hombres y hombres convertirse en ancianos sin que nada cambiara.
Una tarde, una niña se acercó y le preguntó: —Abuelo, si nuestra tierra es tan rica, ¿por qué nuestro pueblo sigue siendo pobre?
El anciano guardó silencio. Tomó una semilla que había caído de un árbol cercano y la colocó en la mano de la niña.
El anciano sonrió. —Exactamente. Los frutos no fueron creados para ser vendidos. Fueron creados para ser transformado, para multiplicar su potencial de generar riqueza al ser procesado, transformado, industrializado.
La niña permaneció pensativa. Entonces el anciano señaló hacia el puerto.
—Nuestro pueblo lleva siglos vendiendo sus productos primarios. Y luego comprándolo transformado por otros. Donde multiplican su capacidad de producir riquezas.
La niña miró los barcos. Y por primera vez comprendió. Comprendió que el problema no era la falta de riqueza. La riqueza estaba allí. En los campos. En los ríos. En el mar. En las manos de la gente. Lo que faltaba era aprender a transformar los productos en lugar de vender los productos frescos.
Aquella conversación corrió de boca en boca. Llegó a los campesinos. Llegó a los pescadores. Llegó a los maestros. Llegó a los gobernantes. Y poco a poco comenzó a cambiar la manera de pensar del reino. Inclusive de las autoridades para reorientar la inversión pública.
Los agricultores aprendieron a transformar sus cosechas. Los jóvenes aprendieron oficios y tecnologías. Los emprendedores descubrieron que los residuos podían convertirse en nuevos productos. Las comunidades aprendieron a crear empresas. Las escuelas enseñaron a construir, innovar y producir. El pueblo tenía el conocimiento, falta la visión para ser articulado. Y el estado y el sector privado tenían los recursos.
Y por primera vez, las riquezas dejaron de salir del reino para regresar transformadas por otros, por aquellos donde tenían que ir los jóvenes del reino a buscar empleos y oportunidades.
Ahora eran los propios hijos del reino quienes las transformaban. Los empleos comenzaron a multiplicarse. Las familias recuperaron la esperanza. Los jóvenes dejaron de soñar con marcharse y comenzaron a soñar con construir.
Los pueblos crecieron. Las ciudades florecieron. Y la prosperidad empezó a llegar como llega el amanecer después de una larga noche.
Muchos años después, cuando el anciano había partido de este mundo, la niña —convertida ya en una m


