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El informe más reciente sobre la abstención electoral en la República Dominicana, elaborado por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) a través de CAPEL, aporta un dato esencial para comprender una paradoja del sistema: la ausencia de voto se intensifica en las áreas metropolitanas, mientras que en ciertos enclaves rurales y comunidades con fuertes vínculos territoriales la participación se mantiene relativamente alta.
Entre los hallazgos del estudio resurge una temática que ha alimentado el debate político nacional durante años: la incidencia de las redes comunitarias y las dinámicas clientelistas.
De inmediato surge una pregunta crucial: ¿solo buscamos aumentar la cifra de electores o pretendemos formar una ciudadanía que elija con mayor libertad, información y convicción?
El clientelismo demuestra ser eficaz para convocar votantes. En algunos pueblos, las relaciones de dependencia, la intermediación política, las ayudas puntuales y las redes territoriales pueden convertirse en instrumentos que acercan al ciudadano al proceso electoral. No obstante, movilizar no equivale a robustecer la participación democrática.
Una democracia sólida no debería depender de la capacidad de un partido, candidato o líder para activar una cadena de favores el día de la votación. Lo ideal es que el electorado acuda a las urnas porque comprende la trascendencia de su voto, evalúa propuestas, compara opciones y decide libremente quién lo representará.
El análisis de la abstención pone de manifiesto señales de un descontento creciente con la política tradicional. Un número importante de quienes eligen no votar lo hacen no por apatía, sino como una protesta consciente contra candidatos que no convencen, promesas incumplidas, prácticas clientelares y una forma de hacer política que muchos perciben como agotada.
Este fenómeno debería alertar a los partidos. Durante décadas, gran parte de la competencia electoral se ha medido por la capacidad de movilización territorial. Sin embargo, el escenario actual parece enviar otro mensaje: las viejas estrategias de movilización pueden seguir influyendo en ciertos territorios, pero ya no bastan para generar legitimidad ni para reconectar con una ciudadanía cada vez más crítica.
El contraste territorial que muestra la investigación es notable. Las zonas urbanas más desarrolladas presentan mayores índices de abstención, mientras que en áreas rurales persisten niveles de participación superiores, vinculados, entre otros factores, a redes comunitarias y dinámicas clientelares. El reto es no interpretar este panorama como una invitación a reforzar esas prácticas, sino como una oportunidad para preguntarnos qué tipo de participación deseamos construir.
Una democracia puede registrar una alta participación electoral y, al mismo tiempo, contar con una ciudadanía poco involucrada en el debate público. De igual forma, una baja participación puede reflejar una profunda crisis de representación que ninguna ayuda puntual, fundita o mecanismo de movilización podrá solucionar de forma sostenible.
La abstención del 45.6 % registrada en las elecciones generales de 2024 constituye una advertencia grave. El estudio del IIDH‑CAPEL demuestra que el problema de la participación no tiene una única explicación y que la solución no se limita a mejorar la logística o lanzar campañas genéricas de incentivo al voto; se requiere, sobre todo, una respuesta política.
Esto implica elevar la calidad de la oferta electoral, perfeccionar los procesos de selección de candidaturas, fomentar partidos más cercanos a la gente y reducir las prácticas que convierten la relación entre representantes y representados en una transacción de corto plazo.
Si bien el clientelismo puede movilizar y explicar por qué ciertos territorios mantienen niveles de votación superiores, no necesariamente genera confianza en las instituciones, compromiso con lo público ni una ciudadanía más fuerte.
El desafío hacia 2028 debe superar la idea de que el éxito democrático se resume en llenar las urnas. Necesitamos que los votos expresen convicción y confianza en el proceso democrático.
La gran tarea consiste en pasar de una política que moviliza a los ciudadanos mediante la dependencia a una que los convoca a través de ideas, propuestas y resultados.
Quizá ese sea el debate más relevante que deja el estudio sobre la abstención: no basta con lograr que la gente vote; debemos trabajar para que vuelva a creer que ejercer el voto realmente vale la pena.


