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Olvidar dónde se dejaron las llaves, tardar en recordar un nombre o perder una cita son hechos que pueden ocurrir al envejecer. Sin embargo, cuando esos lapsos de memoria dejan de ser aislados, empiezan a interferir con las actividades cotidianas o se acompañan de desorientación, alteraciones de conducta o dificultad para tomar decisiones, resulta prudente considerar una valoración neurológica para esclarecer su origen.
Si dichos cambios se vuelven persistentes y comienzan a afectar la rutina diaria, podrían estar relacionados con algún tipo de demencia, entre ellas la enfermedad de Alzheimer. Según el 10/66 Dementia Research Group, más de 100,000 dominicanos podrían estar viviendo con demencia, basándose en una prevalencia del 11.7 % en la población mayor de 65 años. Las proyecciones de la Asociación Mundial de Alzheimer indican que esa cifra podría ascender a cerca de 125,000 en 2030 y a 240,000 en 2050.
Aunque el Alzheimer es la causa más frecuente de demencia y se trata de una enfermedad cerebral progresiva, no es la única explicación de un deterioro cognitivo. Diversas patologías pueden producir síntomas semejantes, por lo que es aconsejable acudir a un neurólogo especializado que pueda precisar el origen de los signos, establecer un diagnóstico temprano y diseñar el plan terapéutico más apropiado.
El nombre de la enfermedad honra al médico alemán Alois Alzheimer, quien en 1906 describió por primera vez alteraciones atípicas en el cerebro de una paciente con pérdida de memoria, desorientación y otros cambios cognitivos. Al examinar el tejido cerebral postmortem, identificó acumulaciones y fibras enredadas que hoy se conocen como placas de amiloide y ovillos neurofibrilares.
«Las placas y los ovillos siguen considerándose las lesiones características de la enfermedad de Alzheimer», señala la doctora Teresa Gomez‑Isla, neuróloga a cargo de la División de Memoria de un importante centro médico de EE. UU. Estas lesiones deterioran progresivamente áreas cerebrales vinculadas con la memoria, el razonamiento, el lenguaje y la conducta, lo que explica que los síntomas vayan más allá de simples olvidos.
La enfermedad se manifiesta mayormente en personas mayores de 65 años y, aunque su causa exacta sigue sin conocerse, se cree que resulta de la interacción entre cambios cerebrales propios del envejecimiento, antecedentes familiares y genéticos, factores ambientales y hábitos de vida, como el nivel de actividad física. A medida que el daño avanza, se van reflejando en distintas capacidades cognitivas y conductuales. En las etapas tempranas e intermedias pueden observarse dificultad para ejecutar tareas cotidianas, variaciones en el estado de ánimo y la personalidad, aumento de ansiedad, depresión o agresividad, problemas de habla o comunicación y alteraciones en los patrones de sueño.
«Conforme la enfermedad progresa, la pérdida de memoria y la confusión se vuelven más evidentes. Las personas incluso pueden tener dificultades para reconocer a sus familiares o amigos», añade la doctora Gomez‑Isla.
Actualmente no existe una cura para el Alzheimer, pero algunos fármacos pueden aliviar los síntomas. La FDA ha aprobado recientemente nuevas formulaciones dirigidas a pacientes en etapas iniciales, que reducen las placas de amiloide en el cerebro y podrían ralentizar la progresión de la enfermedad. «Gracias a los nuevos medicamentos disponibles y una comprensión cada vez mayor de los orígenes del alzhéimer, podemos mejorar la calidad de vida de los pacientes y de sus cuidadores en todo el mundo», comenta la especialista, aunque advierte que «todos somos únicos y respondemos de manera diferente a los medicamentos. Puede tomar algún tiempo encontrar el medicamento y la dosis adecuados para usted o su ser querido».
La investigación sigue avanzando. Gomez‑Isla y su equipo estudian nuevas herramientas diagnósticas y estrategias terapéuticas. «Esperamos utilizar estos conocimientos para predecir quién tendrá la enfermedad y desarrollar terapias que permitan retrasarla o prevenirla», afirma la investigadora.
Una de las líneas de estudio encontró que la dificultad para usar un menú telefónico sencillo podría estar asociada con un mayor riesgo de Alzheimer. «Los datos muestran que podríamos ser capaces de identificar y tratar a las personas mucho antes de que presenten síntomas significativos», puntualiza la investigadora.
Otra evidencia proviene del seguimiento a largo plazo de una extensa familia colombiana con una mutación genética que produce Alzheimer de inicio temprano. En los portadores de esa mutación, los investigadores detectaron placas de amiloide hasta 15 años antes de que surgieran los primeros síntomas. «Estos estudios pioneros nos brindan una visión más profunda de la enfermedad. Asimismo, ofrecen posibles pistas clave para desarrollar futuros tratamientos que puedan proteger a las personas y evitar que lleguen a desarrollar alzhéimer», señala el equipo.
Con el avance de la detección precoz y el desarrollo de terapias más sofisticadas, el acceso a una evaluación neurológica especializada cobra mayor relevancia. Centros de excelencia en EE. UU. ofrecen a pacientes internacionales una atención personalizada y de alta calidad, acercando su experiencia médica a personas de diversas partes del mundo.


